El desierto
Cuando dejas de sentir seguridad, en tu cuerpo.
Han pasado semanas desde que fue Pascua, pero no me quiero quedar sin escribirles en formato Amuleto cotidiano, de esto que me surgió escribí el 4 de abril, después de que escuché a mi amiga Paulina contar por qué iba a ponerle a su hijo Pascual.
El 3 de abril del 2025 mis pies volvían a pisar las montañas verde militar del oriente antioqueño; mi cuerpo llegó… eso era un hecho, el costal de carnes, huesos y pelos estaba en Medellín. Pero lejos estaba yo de habitar esa envoltura.
Justo como el color de las montañas, militantes estaban mis nervios al regresar, sin deseo alguno de hacer tregua con la desconfianza que sentían de todo en cuanto nos estaba pasando.
La actividad más simple se convertía en todo un rompecabezas, en el sentido literal de la palabra —rompe-cabezas—.
Yo creía que ya había atravesado las crisis “más grandes” en mi vida. Pensaba que ya había vivido mis “noches oscuras del alma”, porque he transitado duelos y cambios profundos. Pero el desierto es distinto. El desierto no llega con intensidad dramática. Llega sin que lo esperes, con una sequedad que se escapa gota a gota, hasta que te das cuenta de que estás drenada.
Conocí un borde que no había tocado jamás.
En la religión católica el desierto fue a donde fue Jesús a probar su fe.
En Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola habla del desierto como ese lugar al que vamos a recoger nuestros huesos. Lo que somos cuando todo lo demás deja de existir.
Hoy puedo decir que fui a Dubai a recoger mis huesos y, sin ánimos de probar mi confianza en lo invisible, el desierto fue el escenario en el que, con cabeza en la tierra y rodillas dobladas, comprendí que la vida sabe más que yo.
Volví con mi sistema nervioso colapsado.
Y eso fue muy confrontante.
Porque llevo años trabajando con el cuerpo, con terapia somática y el placer, acompañando a otros a regular su sistema nervioso.
Y, de repente, nada de eso estaba disponible para mí.
No sabía cómo acompañarme.
No sabía cómo salir de ahí.
No sabía cómo usar mis propias herramientas.
Ese fue el quiebre.
Entender que una cosa es saber…
y otra muy distinta es habitar tu cuerpo
cuando deja de sentirse seguro.
Porque eso fue el desierto para mí:
la experiencia de no sentirme segura en mi propio cuerpo.
Y cuando el cuerpo no es un terreno seguro,
todo se desorganiza.
El sueño.
La digestión.
La energía.
Las ganas de crear, de vivir, de socializar…
Todo.
Y cuando todo lo que conoces deja de servir,
para mí se abre una gran puerta: con curiosidad, aprender a relacionarme conmigo desde otro lugar.
Lo simple regula.
Este era uno de los huesos a los que me aferraba.
No podía pensar en el futuro.
Mi mente se iba a escenarios catastróficos.
Pero mi cuerpo… seguía aquí.
Entonces empecé a volver a lo único que tenía disponible:
los sentidos.
Cocinar se volvió un refugio.
Tomar un tomate.
Sentir su piel.
Ver el rojo brillante.
Cortarlo, observar cómo sus semillas explotan en contacto con el cuchillo.
Olerlo.
La lucidez sensorial era la tenue lluvia que humectaba mi desierto
y me permitía volver a percibir la vida a través del cuerpo.
Fue difícil y desafiante para mí confiar en los tiempos de la naturaleza, confiar en que poco a poco, con la atención en lo simple, algo se iba reorganizando. No de un momento a otro.
No como una epifanía. Sino en pequeños gestos repetidos.
Volver a dormir se iba sintiendo seguro.
Volver al contacto se iba sintiendo seguro.
Volver a comer era seguro y placentero.
Hoy entiendo desde el cuerpo algo con mucha claridad:
sin seguridad NO hay placer.
El desierto no era un castigo. No era una prueba.
Fue el lugar donde mi cuerpo dejó de sentirse seguro
para enseñarme cómo volver a habitarlo con más honestidad.
Y eso, para mí, es la Pascua como explicaba Pauli; es la celebración de la VIDA, siendo más vida.
Hoy lo veo como un momento interno.
El momento en el que, después del desierto, se perciben los pequeños brotes verdes en el suelo y las flores de colores van ganando terreno en lo que antes era tierra árida.
Y nada vuelve a ser como antes. Es ahora más sensible, en mi caso también más real.
Fui encontrando espacio interno en mi cuerpo, para volver a sentir que es seguro sentirlo todo, mucho.
Si estás en tu propio desierto,
si tu cuerpo no se siente como un lugar seguro,
no necesitas hacer más. (y aquí se abre todo un universo, yo sé, porque no es así de fácil)
Necesitas empezar a volver.
A lo simple.
A los sentidos.
A lo que ya está disponible para ti.
Porque es ahí
donde empieza a florecer de nuevo la vida.
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Con amor,
Dala.



Hermosa que rico leerte
abrazo profundo